1940 en L’Hospitalet y Bellvitge: calma tensa, huertas y supervivencia
1940 · El año del silencio
En 1940, un año después del final de la Guerra Civil Española, L’Hospitalet de Llobregat parecía tranquila, pero nadie sentía que la guerra hubiera acabado de verdad. Las calles estaban en calma, sí, pero era una calma tensa: se hablaba poco y se escuchaba mucho. El miedo formaba parte de la vida diaria. Muchas familias tenían a alguien preso, exiliado o desaparecido. En casa, ciertos temas eran tabú: recordar podía ser peligroso.
La vida cotidiana: racionamiento, trabajo y prudencia
La prioridad era comer. Los racionamientos de alimentos marcaban los días: pan, aceite y harina eran tesoros difíciles de conseguir. Las colas del pan empezaban de madrugada, y terminaban con discusiones, resignación… o silencio absoluto.
Mientras tanto, la reconstrucción se abría paso. Muchos hombres trabajaban en fábricas, obras y agricultura, intentando reactivar la economía local. La censura y el control militar imponían silencio y prudencia: hablar de política podía costar caro.
Trabajo de batida cerca de Can Rigalt 1940
Joan Viñals de Cal Pepet Noiet haciendo pasar el carro sobre la paja para separar el grano de las espigas -foto 1940
Un grupo de hombres trabajando en una era del Samonta ,parte alta del termino de Hospitalet-foto 1940 L´Abans
Joan Viñals y unos mozos preparando el pajar en la era de Cal Pepet Noiet-foto Lábans 1940 .
Momento del proceso de la batida ,cuando los hombres removían el vegetal para hacer caer el grano ,en este caso mongetes secas, un tipo de cultivo muy abundante en la Marina.
Bellvitge: campos, huertas y red de supervivencia
En los campos de Bellvitge, todavía lejos de ser barrio, la vida seguía marcada por la agricultura. Las huertas eran fundamentales: producían verduras, patatas y huevos, y se convirtieron en una red de supervivencia para las familias de L’Hospitalet. Vecinos que intercambiaban productos agrícolas ayudaban a completar los racionamientos oficiales y a mantener viva la economía rural.
Paradójicamente, mientras la ciudad comenzaba a adaptarse al control franquista, Bellvitge era un oasis agrícola que sostenía la alimentación de los vecinos y los desplazados por la guerra. Los recuerdos de los bombardeos de 1937, los refugios escondidos bajo tierra y la pérdida de familiares y vecinos seguían presentes, silenciosos, entre los más mayores.
Una vez acabada la guerra civil la ermitaña pepeta y su hijo Anton Tabau pudieron retornar a la parroquia la imagen que durante todo el conflicto tuvieron escondida dentro de un fajo de leña ,una vez recuperada la imagen fue trasladada en procesión desde el templo de Santa Eulalia de Mérida hasta la ermita de Santa María de Bellvitge, la comitiva fue seguida por las autoridades civiles y religiosas y decenas de feligreses de la ciudad
Ermita en un día de fiesta en la foto se observa una tartana medio de transporte utilizado para acercarse a la ermita de Bellvitge desde el pueblo de Hospitalet , o desde la extensa Marina
El poeta de Hospitalet Francesc Tena por los años cuarenta miraba la ermita con los mismos ojos que la debían ver la gente de siglos y siglos atrás y se preguntaba
Santa Maria la camperola
dolça pagesa dels nostrs camps
no us fa tristesa viure ten sola
amb sense llanties i sense rams
Obreros en la construcción de la Gran vía -foto 1940
Ampliación de la gran Vía el proyecto era para antes de la guerra aunque las obras no empezaron hasta 1940-foto AL´H -arxiu d´imatges 506.
1940 en L’Hospitalet y Bellvitge: represión, escasez y supervivencia
En 1940, L’Hospitalet de Llobregat vivía un silencio tenso tras la Guerra Civil Española. La ciudad estaba bajo control franquista, con represión, depuraciones y miedo constante.
El primer alcalde franquista, J. Wenceslao Marín, y sus sucesores, gestionaban la administración bajo control militar, imponiendo censura, reorganización urbana y laboral y promoviendo el orden social franquista.
La vida cotidiana estaba marcada por la escasez y la austeridad:
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Racionamiento de alimentos: pan, aceite y harina eran básicos y difíciles de conseguir.
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Mercado negro o estraperlo: vecinos buscaban alternativas para sobrevivir.
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Trabajo en la reconstrucción: muchos hombres trabajaban en obras, fábricas y agricultura, intentando restablecer la economía local.
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Silencio y prudencia: hablar de política podía ser peligroso; el control policial y militar era constante.
Mientras tanto, Bellvitge seguía siendo campo, huertas y masías junto al Llobregat. La agricultura local era esencial para la supervivencia de las familias, que intercambiaban productos frescos y trabajaban la tierra para complementar los racionamientos oficiales. La vida en Bellvitge mostraba cómo la posguerra transformaba la vida cotidiana, entre miedo, hambre y solidaridad, preparando el terreno para los cambios urbanos que llegarían en las décadas siguientes.
1941 en L’Hospitalet y Bellvitge: hambre, trabajo y resistencia cotidiana
En 1941, L’Hospitalet de Llobregat era una ciudad obrera agotada por los efectos de la posguerra española. Las fábricas funcionaban, pero los salarios eran bajos y las jornadas interminables. El trabajo no garantizaba una vida digna; solo daba la posibilidad de seguir adelante.
Mientras tanto, las mujeres sostenían la casa: hacían colas para conseguir alimentos, cocinaban con lo poco disponible, remendaban la ropa y cuidaban a los hijos. Todo se reutilizaba; nada se tiraba.
En los campos de Bellvitge, aún rurales, los caminos de tierra veían pasar a vecinos cargados con cestos llenos de productos de las huertas locales. El trabajo agrícola era duro, pero marcaba la diferencia entre pasar hambre o sobrevivir. Patatas, verduras y pequeños intercambios entre familias se convirtieron en una red de supervivencia frente a la escasez.
Hambre y redes de apoyo
El hambre fue la constante de 1941:
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Cartillas de racionamiento que no garantizaban lo básico.
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Colas interminables para conseguir pan.
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Ropa remendada una y otra vez.
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Trabajo mal pagado y sin estabilidad.
En este contexto, las huertas de Bellvitge fueron esenciales. Las familias agrícolas y los vecinos intercambiaban productos para completar las cartillas y asegurarse de que nadie pasara hambre. La vida en L’Hospitalet y Bellvitge estaba marcada por resiliencia, solidaridad y esfuerzo cotidiano, un testimonio de cómo los habitantes de la posguerra lograron sobrevivir y mantener viva la comunidad.
1942 en L’Hospitalet y Bellvitge: el hambre como rutina y el campo como salvavidas
En 1942, el hambre dejó de ser una urgencia puntual para convertirse en parte de la vida cotidiana en L’Hospitalet de Llobregat. El pan era oscuro y pesado, el aceite escaseaba y la carne casi no existía. Los niños aprendieron pronto a no pedir, y las madres estiraban cada olla como podían, haciendo milagros con muy poco.
Mientras la ciudad sufría, los campos de Bellvitge seguían siendo un recurso vital. Patatas, verduras y cebollas producían suficiente para alimentar a muchas familias, y el trueque se convirtió en una práctica habitual. La solidaridad silenciosa entre vecinos fue clave para sobrevivir en la posguerra.
Bellvitge: huertas y red de supervivencia
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Las huertas del Llobregat ofrecían alimentos frescos y aseguraban la subsistencia.
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Las acequias y el regadío mantenían la producción incluso en años difíciles.
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El trabajo agrícola se endurecía, pero garantizar comida era la prioridad.
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Muchos vecinos de L’Hospitalet miraban hacia Bellvitge como reserva de alimentos, confiando en el campo mientras la ciudad enfrentaba escasez y racionamiento.
En 1942, la guerra había terminado, pero la vida seguía siendo una lucha diaria. La combinación de trabajo en el campo, trueques y solidaridad vecinal permitió que L’Hospitalet y sus alrededores resistieran uno de los años más difíciles de la posguerra.
1943 en L’Hospitalet y Bellvitge: miedo, vigilancia y cambios en el campo
En 1943, la vida en L’Hospitalet de Llobregat seguía marcada por el miedo y la vigilancia. Una palabra fuera de lugar podía traer problemas, y los vecinos aprendieron a no destacar. En los barrios obreros, la rutina diaria era pasar desapercibido, sobrevivir con prudencia y mantener el silencio.
Mientras tanto, en Bellvitge, los refugios ocultos bajo los campos recordaban que la guerra aún no había quedado tan lejos como parecía. Los caminos de tierra y las huertas seguían siendo vitales, pero ya se percibían cambios en el valor de la tierra: cada parcela empezaba a cotizar más por lo que podría ser en el futuro que por lo que realmente producía.
Trabajo y disciplina bajo control franquista
El régimen franquista consolidaba su control sobre la ciudad y la vida laboral:
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Fábricas con jornadas largas y sueldos bajos
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La seguridad de cobrar cada semana atraía cada vez más mano de obra hacia la industria
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La vida laboral era rígida, y la disciplina y el control marcaban la rutina
En el campo de Bellvitge, la agricultura seguía activa, produciendo patatas, verduras y hortalizas para la ciudad. Pero la expansión urbana y la presión por el suelo empezaban a transformar el paisaje: el valor de la tierra ya no dependía solo de la producción agrícola, sino del futuro desarrollo de la zona.
En resumen, 1943 fue un año de vigilancia, trabajo duro y cambios silenciosos. Mientras L’Hospitalet se reconstruía y controlaba la vida de sus vecinos, Bellvitge mantenía su papel como reserva de alimentos, al tiempo que el futuro urbanizado de la zona empezaba a asomar.
1944 en L’Hospitalet y Bellvitge: la vida se endurece y el campo resiste
En 1944, la posguerra española ya no parecía algo temporal. La gente en L’Hospitalet de Llobregat asumía que los tiempos difíciles iban para largo. La vida cotidiana era esfuerzo constante: el trabajo seguía siendo precario, las enfermedades eran frecuentes y la asistencia médica era limitada. La supervivencia diaria marcaba cada decisión de las familias.
Mientras tanto, Bellvitge seguía siendo un territorio rural, pero cada vez más vinculado a la vida urbana de L’Hospitalet. Los campos y las huertas seguían siendo esenciales para alimentar a la población y complementar los racionamientos de alimentos de la ciudad. Patatas, verduras y hortalizas eran parte de una red de supervivencia agrícola, donde los vecinos intercambiaban productos y compartían recursos para no pasar hambre.
La ciudad crece, el campo resiste
L’Hospitalet de Llobregat empezaba a crecer lentamente gracias a su cercanía con Barcelona y la industria, convirtiéndose en un polo de atracción laboral.
En Bellvitge, aumentaba la presión sobre el suelo agrícola. Se hablaba de futuros usos urbanos, anticipando los cambios que traerían las décadas siguientes.
Aun así, las huertas continuaban funcionando como colchón de supervivencia, manteniendo a las familias locales y a los desplazados que buscaban alimentos y trabajo en los campos de la Marina del Llobregat.
En resumen, 1944 fue un año de esfuerzo, precariedad y resistencia. Mientras L’Hospitalet empezaba a consolidarse como ciudad industrial, Bellvitge mantenía su papel de zona agrícola vital, donde la vida cotidiana era trabajo, solidaridad y supervivencia.
1945 en L’Hospitalet y Bellvitge: esperanza y realidad posguerra
Calle Campoamor , fiesta 1945-foto hoja aa.vv. Bellvitge .
Calle Prat de la Riba-foto AA.VV. Bellvitge.
Mientras tanto, Bellvitge seguía siendo un territorio agrícola, con campos, huertas y masías que sostenían a la población local. Pero ya empezaba a verse como un futuro espacio urbano, aunque nadie lo decía en voz alta. Los caminos de tierra, las huertas del Llobregat y el regadío continuaban siendo esenciales para la supervivencia de las familias, que dependían del trabajo constante y los intercambios de productos agrícolas.
1945 – Entre la esperanza y la realidad
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El final de la Segunda Guerra Mundial generó expectativas de cambio que no se cumplieron en España.
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La ciudad vivía precariedad y escasez: el hambre seguía presente y las familias trabajaban día a día para subsistir.
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El silencio político y la censura seguían dominando la vida cotidiana.
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En Bellvitge, el campo continuaba siendo una forma de vida, pero cada vez más frágil frente al crecimiento urbano y la presión sobre el suelo agrícola.
En resumen, 1945 fue un año de contradicciones: mientras el mundo celebraba la paz, L’Hospitalet y Bellvitge seguían lidiando con las consecuencias de la posguerra, combinando trabajo, solidaridad y resistencia cotidiana para sobrevivir en un tiempo duro y lleno de incertidumbre.
1946 en L’Hospitalet y Bellvitge: la ciudad crece y la tierra cambia de valor

Reunión de propietarios de masías Josep Farre, Pere Gelabert ,Alfred Cabre delante de Cal Farré 1946 -"L´Abans"
En la Marina familia Panchemé con el carro, 1946 -"L´Abans"
En 1946, L’Hospitalet de Llobregat comenzó a recibir nuevos vecinos. Personas que llegaban buscando trabajo encontraban habitaciones compartidas, sueldos bajos y condiciones precarias. La ciudad crecía lentamente, pero la precariedad y la escasez seguían siendo parte de la vida cotidiana.
Mientras tanto, los campos de Bellvitge seguían siendo vitales. Las huertas del Llobregat abastecían a muchas familias, y los testimonios de la época coinciden: sin esos alimentos, la situación habría sido insostenible. La agricultura rural sostenía a la población y se convertía en una red de supervivencia frente a la escasez urbana.
1946 – El valor de la tierra agrícola cambia
Este año marcó un giro silencioso en el futuro de Bellvitge:
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La tierra agrícola empezó a verse como suelo urbanizable.
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Algunos campesinos vendieron parcelas, anticipando cambios futuros.
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Otros resistían, pero sabían que el futuro urbano era inevitable.
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La agricultura seguía siendo fuerte, pero el modelo económico y social de la zona estaba cambiando.
En resumen, 1946 fue un año de transición: mientras L’Hospitalet crecía y recibía nuevos vecinos, Bellvitge aún alimentaba a la ciudad, pero su rol rural empezaba a transformarse, anunciando los cambios urbanos que vendrían en las décadas siguientes.
1947 en Bellvitge y L’Hospitalet: agricultura, vida cotidiana y cambios

En 1947, la vida en Bellvitge y en L’Hospitalet de Llobregat era un constante ajuste diario. Las familias controlaban gastos, alimentos y ánimos, mientras los niños vivían su infancia deprisa, combinando la escuela con las tareas en los campos y huertas locales.
Aunque Bellvitge seguía siendo un paisaje de huertas, masías y caminos de tierra, la agricultura alcanzaba su máximo esplendor:
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Jornales agrícolas de 8-9 pesetas
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Producción intensa de patatas, verduras y hortalizas
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Exportación de productos frescos hacia Barcelona, abasteciendo la ciudad y reforzando la economía local
La Marina del Llobregat vivía uno de sus momentos de mayor rendimiento agrícola, pero ya se intuía que el crecimiento urbano, la industrialización y la presión sobre el suelo cambiarían para siempre el paisaje rural. La tierra, antes valorada por su producción, empezaba a cotizarse como suelo urbanizable, anticipando la transformación de Bellvitge en barrio de L’Hospitalet de Llobregat.
En resumen, 1947 representa el último esplendor de la agricultura en Bellvitge, un año en que el trabajo agrícola, la vida cotidiana y la supervivencia familiar marcaron la vida de la zona antes de que los bloques, calles y fábricas transformaran el territorio.
1948 · Una ciudad que presiona al campo
La imagen muestra las cajas para las lechas y escarolas en la Marina.
Foto tomada en 1948 : ciclistas paseando por el camino del Rec Brut, en el sector de la Marina ,foto del libro -cuadernos de estudios sobre dos ruedas bicicleta en Hospitalet,1900-1996
Casa de los Camprabí al lado Cal Benet Valls foto 1948
Comunión por el camino de la Perellada ,Carmen Aragall, Eulalia Mullerac y la nena Teresa Aviles al fondo las casas del Trebal .
1948 en L’Hospitalet de Llobregat: industria y transformación de Bellvitge
En 1948, L’Hospitalet de Llobregat comenzó a expandirse sobre el territorio rural. Los campos de Bellvitge seguían siendo productivos, pero la urbanización y el crecimiento industrial ya se dejaban notar.
Cada vez más personas optaban por trabajar en fábricas: no solo por el salario, sino por la seguridad de una semana laboral estable.
Mientras tanto, el campo perdía trabajadores, y Bellvitge, aunque todavía rural, mostraba signos de transformación hacia un futuro barrio urbano.
Este año marca un momento clave en la historia de L’Hospitalet y Bellvitge, cuando la agricultura convivía con el impulso industrial, y la vida cotidiana de los vecinos empezaba a cambiar de manera definitiva.
El delta del Llobregat: “una bendición providencial” para la economía agrícola
En un testimonio del jesuita Francesc Iverm, se describe cómo, en los años en que L’Hospitalet de Llobregat aún era un pueblo pequeño, el delta del Llobregat funcionaba como un verdadero motor económico agrícola para Barcelona:
“Aquest delta és una benedicció providencial, posa’t a les ports de Barcelona. Durant la nit, ja poques hores de l’alba, llargues cues de carros i camions transporten a mercats barcelonins els productes de les hortes del Llobregat direcció a Barcelona, en l’actualitat la capital, amb la seva demanda creixent és el puntal més important de l’economia agrícola d’aquesta ciutat.”
El relato muestra cómo las huertas del Llobregat y los campos que hoy forman Bellvitge eran fundamentales para el abastecimiento de Barcelona, con productos frescos transportados diariamente en carros y, más adelante, en camiones. El río Llobregat y sus acequias eran la columna vertebral de esta agricultura intensiva, mientras que Hospitalet seguía siendo un núcleo pequeño, rodeado de campos fértiles que servían de eslabón entre la producción agrícola y la capital catalana.
Este testimonio es clave para entender:
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La importancia estratégica del delta del Llobregat para la economía agrícola local y metropolitana.
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Cómo Bellvitge y la Marina formaban parte de un sistema agrícola que abastecía Barcelona mucho antes de su urbanización.
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La relación entre territorio rural y desarrollo urbano, y cómo la proximidad a Barcelona fue una bendición para los campesinos de la zona.
En resumen, el relato de Francesc Iverm nos ayuda a visualizar la vida rural de L’Hospitalet y Bellvitge en la primera mitad del siglo XX, mostrando la interdependencia entre la agricultura y la ciudad, y cómo los campos del Llobregat eran cruciales para la supervivencia y el desarrollo económico de la región.
Bellvitge y L’Hospitalet en 1950: huertas, trabajo y los inicios de la urbanización

En 1950, L’Hospitalet seguía siendo una ciudad obrera marcada por la posguerra. No se vivía bien, pero se había aprendido a resistir.
Bellvitge aún no existía como barrio, pero su tierra había alimentado a generaciones. Cuando llegaron los bloques años después, muchos sabían que bajo el cemento había memoria.
Aspectos positivos atribuibles a su gestión:
Participación en proyectos de recuperación del patrimonio local, como la ermita de Bellvitge, que contribuyeron a rescatar símbolos culturales importantes para la comunidad hospitalense.
Pintura del arco triunfal en avanzado estado de ejecución de la ermita Bellvitge 1950 ( foto hoja parroquial ).

Restauración del campanario de la ermita de Bellvitge 1950 .
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Su presencia en actos institucionales mostraba un intento de volver a dar visibilidad a la identidad local, en un periodo en que la ciudad trataba de dejar atrás la posguerra.
Aspectos que pueden considerarse criticables:
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Su etapa también estuvo en un momento de gran transformación del territorio, en el que gran parte del suelo agrícola fértil acabó perdiéndose ante la expansión urbana e industrial, lo que con el tiempo debilitó la base rural y agrícola que había sostenido históricamente los barrios cercanos como Bellvitge.
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Como otros alcaldes de la época franquista, su gestión se movía en un marco de represión política, control municipal desde el régimen y poca participación ciudadana real, características de los gobiernos locales de esa década.
1950 – El máximo esplendor de la agricultura en L´Hospitalet de Llobregat y la caída definitiva





Transporte de verduras con camión en la estación de Hospitalet ,hasta 1936 se hacia con carros foto L´A 
Cargando con tractor las cajas dentro del vagón verduras de la Marina en la estación de Hospitalet
En 1950, L’Hospitalet de Llobregat era una ciudad en transformación. Tras más de diez años de posguerra española, la vida cotidiana seguía marcada por la escasez, la precariedad laboral y el miedo a la represión franquista. La población trabajadora vivía jornadas largas en fábricas e industria, con salarios bajos que apenas alcanzaban para cubrir necesidades básicas.
Las tensiones sociales empezaban a notarse: los obreros reclamaban mejores condiciones, aunque cualquier protesta era vigilada y reprimida. Las familias compartían espacios pequeños, los niños ayudaban desde temprana edad, y las mujeres sostenían la vida del hogar, cuidando a los hijos, cocinando con lo justo y reutilizando ropa y alimentos.
Imagen tomada en los años 50, las mujeres que trabajaban la escarola lo hacían sentadas ya que el trabajo era más laborioso y la verdura pesa ,en cambio las que preparan las lechugas lo hacen de pie ,arreglando verdura en la Marina (L´ Abans).
Vista de Hospitalet desde los campos de la Marina (foto 1950 L'A ).
1950 es un año clave en la historia de Bellvitge y L’Hospitalet.
215 cultivadores activos
Unos 1.500 trabajadores entre propietarios y jornaleros
Agricultura en su punto más alto
Y, al mismo tiempo, el inicio de su desaparición definitiva.
La paradoja es clara:
👉 cuando el campo alcanza su máximo esplendor, empieza a morir.
1950 la maquina de Cal Salvado .

Mientras tanto, Bellvitge seguía siendo un territorio rural, con campos, huertas y masías que aún abastecían de alimentos a la ciudad. Sin las huertas del Llobregat, muchas familias no habrían podido sobrevivir. Sin embargo, la agricultura ya estaba en su máximo esplendor y comenzaba a perder manos: los jornales agrícolas seguían siendo una opción, pero muchos campesinos empezaban a vender parcelas ante la presión del crecimiento urbano y la especulación del suelo.
Batida de cereales en la Marina ,escenas de vida cotidiana .
Hombres trabajando la mongetas , un tipo de cultivo muy abundante en la Marina .
1950 – La ciudad avanza y el campo cede terreno
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L’Hospitalet de Llobregat crece lentamente, recibiendo nuevos vecinos en busca de trabajo.
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La industria atrae mano de obra, pero los salarios siguen siendo bajos y la vida precaria.
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Bellvitge mantiene su agricultura, pero la tierra empieza a ser más valorada por su potencial urbanizable que por su producción.
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Los refugios y memorias de la guerra siguen presentes, recordando a los vecinos los años recientes de violencia y represión.
En resumen, 1950 fue un año de transición en L’Hospitalet y Bellvitge: la ciudad consolidaba su carácter industrial, las tensiones sociales eran visibles y la vida cotidiana estaba marcada por trabajo, solidaridad familiar y supervivencia. Bellvitge, aún campo, empezaba a intuir su transformación futura en barrio urbano, anticipando la gran expansión de L’Hospitalet de Llobregat en los años siguientes.
Urbanización y barroquismo en L’Hospitalet de Llobregat (años 40-50)
Ya antes de la Guerra Civil Española, en la zona del Torrente Gornal se habían iniciado pequeñas urbanizaciones, como Ceravalles, La Granota, Les Coves y Els Valencians. Estas primeras viviendas planificadas fueron el inicio del crecimiento urbano de L’Hospitalet de Llobregat, en un entorno todavía semi-rural.
Durante los años 1940 y 1950, la ciudad empezó a recibir nueva población que buscaba trabajo en Barcelona y oportunidades de vida tras la posguerra. Muchos de estos vecinos no tenían acceso a viviendas formales, por lo que surgieron asentamientos de barroquismo y autoconstrucción, especialmente en zonas como Samontà, cerca de lo que hoy es Bellvitge.
Mientras que las urbanizaciones planificadas ofrecían cierta estabilidad, el barroquismo se convirtió en la solución más extendida para miles de familias trabajadoras. Este fenómeno marcó la historia urbana y social de L’Hospitalet, y explica por qué barrios como Bellvitge y sus alrededores crecieron primero de manera informal antes de consolidarse en las décadas siguientes.
El Aplec de Bellvitge: tradición, comunidad y Pascua en L’Hospitalet
En 1950, la ermita de Bellvitge seguía siendo el centro de la vida social y religiosa de los habitantes de los campos y masías de la Marina, en lo que hoy sería el barrio de Bellvitge. La mayoría de los vecinos rurales regresaban a casa tras el Aplec de Pascua, ya que la ermita estaba cerca de sus hogares.
Sin embargo, el Aplec de Bellvitge también atraía a personas de otros pueblos de la comarca, que lo vivían como un evento especial y diferente, fuera de la rutina diaria. Con misa, caremelles y sardanas, estos encuentros combinaban religión, tradición y convivencia, consolidando al aplec como una fiesta popular destacada y un símbolo de memoria histórica en L’Hospitalet de Llobregat .
Ballets infantiles para el Aplec de Pascua en Bellvitge-foto 1950 L´A.
Desde tiempos antiguos, la ermita de Bellvitge en L’Hospitalet de Llobregat ha sido un santuario de referencia para los vecinos y campesinos de la Marina. A lo largo del año, había dos momentos especiales en que la ermita se convertía en punto de encuentro:
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15 de mayo, festividad de San Isidro, patrón de los labradores y de la gente del campo.
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Lunes de Pascua, con el tradicional aplec de la Pascua Florida.
La Pascua Florida y los aplecs en Cataluña
Los aplecs eran reuniones populares al aire libre, muy habituales en toda Cataluña desde principios del siglo XX, donde centenares de personas se desplazaban desde diferentes pueblos de la comarca.
El lunes de Pascua era un día muy especial, dentro de un periodo festivo de cinco días que iba desde la Pascua de Resurrección hasta la Pascua de Pentecostés, y estaba marcado por:
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Misas y actos religiosos en la ermita de Bellvitge
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Cantadas de caremelles, con participación de grupos infantiles parroquiales
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Visitas a casas de pagès de los alrededores
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Sardanas, con colles de niños y niñas que esperaban este momento con ilusión
A medida que avanzaban los años, especialmente hacia los años 60, las salidas en coche y otros cambios sociales transformaron ligeramente estas tradiciones, pero el espíritu de encuentro y convivencia se mantuvo.
La organización y la solidaridad local
Los administradores de la ermita eran los encargados de convocar a la gente y recaudar fondos para cubrir los gastos de los actos, como pagar la cobla para las sardanas o realizar mejoras en la ermita.
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Se repartían estampitas y medallitas a los asistentes, quienes a cambio dejaban donativos voluntarios.
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En una ocasión, la recaudación fue tan buena que permitió adquirir un órgano para la ermita, un ejemplo del esfuerzo colectivo de los vecinos.
El valor social y cultural del aplec de Bellvitge
Los aplecs y fiestas de Pascua no eran solo eventos religiosos, sino también espacios de encuentro social.
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Vecinos de distintos pueblos de la comarca se conocían y formaban lazos afectivos, que a veces terminaban en amistades, noviazgos e incluso matrimonios.
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La tradición ayudaba a reforzar la identidad cultural de la Marina y de Bellvitge antes de su transformación urbana.
En resumen, el aplec de la Pascua Florida en la ermita de Bellvitge fue durante décadas un símbolo de comunidad, tradición y memoria local, uniendo religión, música, danza y convivencia en el corazón de L’Hospitalet de Llobregat.

































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