viernes, 24 de abril de 2009

Cuando la Guerra Civil llegó a L’Hospitalet y Bellvitge : recuerdos de una ciudad transformada (1936-1939)



Monumento a la memoria de la Guerra Civil y la lucha por las libertades, en la Rambla de la Marina (L’Hospitalet de Llobregat). Fue impulsado por la Associació Hospitalet Antifranquista y encargado al artista Eduard Arranz‑Bravo. Un recordatorio de que bajo el paisaje urbano actual permanecen las huellas de la guerra, la posguerra y la memoria colectiva.

El verano de 1936: cuando todo cambió de golpe

A veces cuesta imaginar que las calles por las que paseamos hoy, llenas de coches, bloques de pisos y metro, fueron escenario de una guerra.

En L’Hospitalet de Llobregat, la Guerra Civil no se vivió en grandes batallas ni en frentes espectaculares, sino en la vida cotidiana: en las fábricas, en las colas del pan, en los refugios antiaéreos y en los campos que hoy forman el barrio de Bellvitge.

En 1936, L’Hospitalet era ya una ciudad obrera en rápido crecimiento, pegada a Barcelona, con barrios humildes y una población que trabajaba largas jornadas para sobrevivir.
Bellvitge, en cambio, no era aún un barrio: era campo, huertas, masías y caminos de tierra junto al río Llobregat.

Y entonces, todo se rompió.

Cuando intento imaginar la Guerra Civil en L’Hospitalet, no pienso en mapas ni en líneas de frente. Pienso en cocinas oscuras, en colas silenciosas, en niños que aprendieron demasiado pronto a distinguir el sonido de una sirena.
Aquí la guerra no fue heroica: fue cotidiana.

Los historiadores que han trabajado con testimonios orales de vecinos de L’Hospitalet coinciden en algo: la mayoría recuerda el desconcierto del inicio, no la épica.

Aquí, la Guerra Civil no fue épica.
Fue hambre, miedo, ruido de sirenas y, después, silencio.
Y en lo que hoy es Bellvitge , entonces solo campos y masías ,  fue espera, trabajo agrícola y noticias que llegaban tarde.

Hoy, décadas después, caminamos por la Rambla de la Marina, uno de los ejes principales de la ciudad, sin pensar que bajo el asfalto y los edificios hay capas de memoria. El monumento dedicado a la memoria de la Guerra Civil y la lucha por las libertades nos recuerda que este paisaje urbano es también el resultado de una historia de guerra, posguerra, represión y resistencia.

Esta es una historia cronológica, sí,

pero sobre todo es una historia humana,

que une el pasado que fue campo con el presente que es ciudad.




El verano de 1936: cuando todo cambió de golpe

Para los vecinos, la guerra no empezó con una batalla, sino con una sensación extraña:
autoridades que desaparecen, rumores en las calles, fábricas tomadas por comités obreros, iglesias cerradas, reuniones improvisadas en ateneos y plazas.

La vida seguía, pero con otra lógica.
De repente, gente que nunca había decidido nada empezó a organizar turnos, repartir alimentos o gestionar talleres. L’Hospitalet se convirtió en una retaguardia activa, una ciudad que producía, acogía y resistía.

Mientras tanto, en Bellvitge, la guerra se veía desde los campos.
Los campesinos seguían cultivando, pero escuchaban noticias lejanas, veían pasar gente desplazada y notaban cómo todo se volvía más escaso.


El estallido de la Guerra Civil en L’Hospitalet de Llobregat (julio de 1936)

Contexto previo: la Olimpiada Popular frustrada

El 19 de julio de 1936 debía inaugurarse en Barcelona la Olimpiada Popular, un evento deportivo internacional concebido como alternativa antifascista a los Juegos Olímpicos de Berlín organizados por la Alemania nazi.
En L’Hospitalet de Llobregat se había aprobado una subvención municipal relacionada con el acontecimiento, pero finalmente no se llevó a cabo ninguna actuación.

Ese mismo día, el diario La Vanguardia titulaba: “El orden fue ayer completo”. Sin embargo, la realidad cambió radicalmente pocas horas después.


19 de julio de 1936: el golpe militar y la reacción popular en L’Hospitalet

En la mañana del 19 de julio, los militares sublevados salieron de las casernas, iniciando el golpe de Estado que daría paso a la Guerra Civil Española.


Iglesia de Santa Eulalia  de Mérida, medio derruida, (Julio 1936).

Barricadas en la Plaza de la Remonta, (año 1936 durante la Guerra Civil).

En L’Hospitalet, rápidamente comenzó a concentrarse gente en la Plaza del Ayuntamiento. Entre los primeros grupos armados se encontraban los Zapadores del cuartel de Lepanto, mientras llegaban noticias de enfrentamientos armados en Hostafrancs, donde ya se utilizaban proyectiles de guerra.

Desde el barrio de Collblanc se observaba humo:

“Se queman las iglesias y las escuelas religiosas del barrio”.

En los días siguientes, otros edificios religiosos de L’Hospitalet serían también atacados e incendiados, fruto de la ira popular anticlerical acumulada durante años.


El papel de los anarquistas y la falta de armas

Visita a Cal Vermell de la Marina de escritores anarquistas extranjeros (foto _AL´H).


Los grupos anarquistas, especialmente vinculados a la CNT-FAI, contaban con algunas armas, pero no eran suficientes.
Las autoridades republicanas locales se negaban a repartir armamento, lo que provocó situaciones caóticas:

más de un miliciano murió accidentalmente en aquellos días mientras recibía lecciones improvisadas de tiro.

Las armas requisadas en el cuartel de Pedralbes acabaron trasladándose al barrio de La Torrassa, lo que cambió el equilibrio de fuerzas.

Con este nuevo arsenal, milicianos anarquistas de L’Hospitalet participaron activamente en la lucha en Barcelona y, al mismo tiempo, impusieron su propio orden revolucionario en la ciudad.



Enfrentamientos en Collblanc y final de la sublevación

En Collblanc se produjo un intercambio de disparos contra fuerzas de seguridad, aunque el episodio no tuvo mayores consecuencias.

media tarde del día 19, la resistencia militar en Barcelona comenzó a debilitarse notablemente.
En la mañana del 20 de julio, la sublevación fue completamente sofocada.


Víctimas y represión en L’Hospitalet

El único civil muerto con residencia en L’Hospitalet durante los combates fue Lluís Mitjavila Casas, de 23 años, fallecido el 20 de julio de 1936, posiblemente durante el asalto a las Drassanes de Barcelona.

Sin embargo, la violencia no terminó con el fin de los enfrentamientos.

En L’Hospitalet de Llobregat, las detenciones y ejecuciones comenzaron el mismo 20 de julio de 1936.
Hasta el 30 de juliosiete personas fueron asesinadas, y dos más fueron detenidas, falleciendo posteriormente durante el mes de agosto.

Estos hechos marcaron el inicio de una represión revolucionaria que tendría un profundo impacto en la vida social y política del municipio.


Conexión con Bellvitge

Aunque el barrio de Bellvitge aún no existía como tal en 1936, estos acontecimientos forman parte de la memoria histórica de L’Hospitalet, sobre la que décadas después se construiría el barrio.
La posguerra, la represión franquista y la inmigración masiva de los años 50 y 60 no pueden entenderse sin este trauma inicial de la Guerra Civil.





1936 · “No pensábamos que esto duraría”

Muchos testimonios recogidos décadas después empiezan igual:
nadie pensaba que sería una guerra larga.

En julio de 1936, L’Hospitalet era una ciudad obrera joven, en crecimiento, pegada a Barcelona.
La gente trabajaba mucho, vivía con lo justo y tenía una fuerte vida de barrio.


Vecinos entrevistados en proyectos de memoria explican que los primeros días tras julio de 1936 estuvieron marcados por la confusión. Se hablaba en las escaleras, en la fábrica, en el mercado. Había miedo, pero también una sensación de que todo aquello sería temporal.


Un antiguo vecino de Santa Eulàlia, entrevistado en los años 90, recordaba que:

“la vida seguía, pero como si todo estuviera en pausa”. Se trabajaba, se abrían tiendas, pero algo ya no encajaba.

“No sabíamos muy bien qué estaba pasando, pero todo parecía provisional.”

Las autoridades municipales cambiaron rápidamente. Durante la guerra, los alcaldes no fueron elegidos en elecciones normales, sino nombrados en el contexto republicano, en una situación de emergencia permanente.

En Bellvitge, entonces solo campos y masías, la guerra se percibía como un rumor lejano. Allí se seguía sembrando y cosechando, pero con noticias cada vez más inquietantes que llegaban desde la ciudad.



Bellvitge en 1936: cuando aún era campo

Conviene detenerse aquí.

Bellvitge no existía como barrio.


Carro de pages en la Marina ,sentada en el carro Madrona Gairalt de Cal Tuites al fondo campo de alcachofas-foto 1936  "L´Abans"

Se aprecian dos carros llenos de mongetas ,uno de los cultivos principales de la Marina en la foto los hermanos Salvadó -foto 1936- L ´Abans .


Era huerta, caminos de tierra, masías y terrenos cercanos al río Llobregat. Allí la guerra se vivía de otra manera.

Los campesinos seguían trabajando, pero con menos semillas, menos herramientas y más incertidumbre.
Las noticias llegaban desde L’Hospitalet o Barcelona, casi siempre por la radio o por alguien que venía de la ciudad.

Muchos testimonios coinciden en algo:
el campo daba de comer, pero no daba tranquilidad.

Foto de la ermita de Bellvitge tomada en 1936 antes de ser asaltada en 1936 con la llegada de la guerra civil, en primer termino uno de los riegos que venían con agua del rio Llobregat a la extensión de la Marina , la ermita estaba envuelta de campos de cultivo.



Un apunte curioso de Bellvitge durante la Guerra Civil

En los primeros días de la Guerra Civil Española, en julio de 1936, la imagen de Nuestra Señora de Bellvitge estuvo a punto de desaparecer, como ocurrió con tantas imágenes religiosas en Cataluña durante el conflicto.

Los ermitaños que vivían en la casa adosada a la ermitala Pepeta y su hijo Antonet Tabau, protagonizaron un gesto decisivo para la conservación del patrimonio histórico y religioso de Bellvitge.
Ambos lograron salvar la imagen, ocultándola cuidadosamente dentro de un fajo de leña, donde permaneció escondida durante toda la Guerra Civil.

Gracias a esta acción discreta y arriesgada, la imagen no fue destruida.

Finalizado el conflicto, la Virgen de Bellvitge fue devuelta y trasladada en procesión solemne desde la iglesia de Santa Eulàlia de Mèrida hasta la ermita de Santa Maria de Bellvitge.
Al acto asistieron todas las autoridades civiles y religiosas, en un momento cargado de simbolismo que marcaba el retorno del culto y de una parte de la identidad histórica del lugar.

Este episodio, poco conocido, forma parte de la memoria popular de Bellvitge y muestra cómo, incluso en medio de la violencia y la destrucción de la Guerra Civil, hubo personas anónimas que protegieron la historia y las tradiciones del territorio.


28 de julio de 1936: el incendio de la ermita de Bellvitge

El 28 de julio de 1936, apenas diez días después del estallido de la Guerra Civil Española, en un contexto de violencia anticlerical y descontrol revolucionario que afectó a numerosos edificios religiosos de L’Hospitalet de Llobregat y su entorno.

La prensa de la época recogía un nuevo episodio de violencia en el territorio de L’Hospitalet:

“Elementos facciosos incendiaron la ermita de Bellvitge, actos que no pudieron ser evitados en aquellos momentos de intensa emoción revolucionaria.”

El incendio de la ermita de Santa Maria de Bellvitge se enmarca en el clima de exaltación y descontrol que siguió al fracaso del golpe militar en Barcelona, cuando numerosos edificios religiosos fueron atacados o destruidos.

Este hecho contrasta con el gesto previo de la Pepeta y su hijo Antonet Tabau, quienes habían logrado salvar la imagen de la Virgen de Bellvitge ocultándola, evitando así su desaparición definitiva.

El episodio del incendio de la ermita forma parte de los hechos menos conocidos de la Guerra Civil en Bellvitge, pero resulta fundamental para comprender el impacto del conflicto en el patrimonio histórico y simbólico del barrio.




1937: “Cuando sonaron las sirenas, entendimos que esto iba en serio” 

Plano de Hospitalet 1930-1937 

Los bombardeos marcaron un antes y un después.

Cuando empezaron los bombardeos sobre Barcelona, el miedo llegó también a L’Hospitalet.
Las sirenas cortaban el día. La gente corría. Los niños aprendieron demasiado pronto a bajar a refugios excavados bajo patios, plazas o fábricas.

En esos refugios se compartía todo: miedo, silencio, canciones, historias para distraer a los más pequeños.
La guerra no estaba en el frente: estaba bajo tierra, en la espera.

Hasta entonces, la guerra parecía “lejana”. Pero cuando empezaron los bombardeos sobre Barcelona y su entorno, el miedo se instaló definitivamente en L’Hospitalet.



Historiadores locales han documentado cómo muchos vecinos recuerdan exactamente el primer día que bajaron a un refugio.

Una mujer de la Torrassa, entrevistada ya anciana, explicaba que “bajaron sin saber si volverían a subir”. Llevaban mantas, algo de comida, y a los niños en brazos. Nadie había preparado psicológicamente a la población para eso.


Imagen de la ermita de Bellvitge tomada en 1937 después de su  destrucción acontecido durante la guerra civil -foto Ramon Tuné Piguillen

Torre de la ermita de Bellvitge durante la Guerra Civil ,torre destruida 1937.  Cuando estalla la guerra civil la ola incontenible de odio se vale sobre el pobre santuario que es destruido completamente.


"Niños Republicanos" (Youtube-valdelacasa).
Torre de la ermita de Bellvitge durante la Guerra Civil ,torre destruida 1937


La vida cotidiana: hambre, trabajo y solidaridad

En 1936, comer, vestirse y resistir se convirtió en una rutina diaria marcada por la escasez y la guerra.
Si algo aparece constantemente en los testimonios de vecinos, es el hambre:

“Se comía lo que había.”
“El pan era lo más importante del día.”

No como anécdota, sino como una constante silenciosa. Las colas por el pan se alargaban desde primera hora de la mañana, y la ropa se remendaba en todas las casas: nada se tiraba, todo se aprovechaba.

La solidaridad y la creatividad eran imprescindibles. Mujeres y hombres se organizaban para compartir alimentos, intercambiar verduras por leche o hacer trueques con los productos de las huertas que rodeaban la zona rural que hoy es Bellvitge. Las huertas locales fueron clave: patatas, verduras y semillas permitían complementar las raciones oficiales y mantener la alimentación de las familias. Muchos vecinos recuerdan que, sin el campo cercano, la situación habría sido mucho peor.

En Bellvitge, entonces territorio agrícola, la vida cotidiana estaba marcada también por la espera y la preocupación: semillas que llegaban con retraso, noticias de muertes por radio y el constante ir y venir de familiares que habían dejado la ciudad buscando menos riesgo.

📜 Testimonio conservado en el Archivo (recuento oral atribuido a vecinos mayores de L’Hospitalet, recopilado por estudiantes en proyectos de memoria histórica):

“Los bombardeos parecían truenos lejanos al principio, pero con el tiempo aprendimos dónde nos podíamos plantar para no asustar a los niños. Las sirenas eran parte de la banda sonora de nuestras vidas.”

La cotidianidad durante la Guerra Civil no estuvo marcada por la épica, sino por el ingenio, la organización y la solidaridad de la población para sobrevivir día a día. En Bellvitge, el campo y las huertas se convirtieron en un soporte vital, y los recuerdos de esas estrategias de supervivencia permanecen como testimonio de una época difícil pero profundamente humana.



Vestir, trabajar, moverse: la guerra en los detalles

Los historiadores subrayan que la guerra se incrustó en los gestos más simples:

  • Ropa heredada y remendada. "Un abrigo pasaba de hermano en hermano " 

  • Zapatos reparados hasta el límite. " Los zapatos se arreglaban una y otra vez ".

  • Jornadas laborales duras, a menudo sin salario estable.

Un testimonio recogido en un trabajo escolar sobre memoria histórica cita que ver un coche por la calle era tan raro que los niños se paraban a mirarlo. La mayoría de desplazamientos se hacían a pie, incluso para ir a trabajar a Barcelona.

Moverse también cambió:

  • La mayoría iba a pie.

  • El tranvía funcionaba cuando podía.

  • Ver un coche era casi un acontecimiento.

Una frase repetida en varias entrevistas es sencilla y demoledora:
“Se comía lo que había.



El papel de las fábricas de L’Hospitalet en la Guerra Civil

Las fábricas de L’Hospitalet de Llobregat también desempeñaron un papel clave durante la guerra. La antigua fundición de La Farga suministró armamento al bando republicano, mientras que la fábrica Tecla Sala, dedicada al sector textil, colaboró proporcionando aceite, un recurso fundamental en tiempos de escasez.



La radio, los rumores y el silencio

No había redes sociales, ni televisión, ni teléfonos para todos.
La radio era una ventana al mundo, pero también a la propaganda.

Pero también lo era el rumor.

 Las noticias llegaban tarde, incompletas, contradictorias.

Los historiadores subrayan cómo la información real se mezclaba con propaganda y miedo. En mercados y colas se construía otra verdad, hecha de fragmentos.

En Bellvitge, esa información llegaba aún más tarde. A veces el silencio del campo  era más inquietante que cualquier noticia.



1937

Se excavaron refugios antiaéreos bajo calles, patios y plazas. Muchos fueron construidos por los propios vecinos.

Los refugios no eran solo protección física. Eran espacios donde:

  • Se compartía el miedo.

  • Se cantaba para tranquilizar a los niños.

  • Se conocía al vecino al que antes solo se saludaba.

Allí abajo pasaba de todo:

  • Gente que rezaba.

  • Niños que lloraban.

  • Mujeres que cantaban para calmarlos.

  • Silencios que pesaban más que las bombas.

Interior del refugio de la Guerra Civil descubierto en L´Hospitalet en unas obras de TMB. (CA / La Vanguardia)

El momento del primer bombardeo directo sobre L’Hospitalet fue algo que cambió la percepción del mundo entero de quienes estaban allí.

Antes de eso, las autoridades locales pensaron que poner refugios antiaéreos no valía la pena, porque las zonas agrícolas circundantes parecían suficientes para mantener a la población segura.

25 de julio de 1937

Pero e l 25 de julio de 1937 un ataque aéreo causó víctimas mortales y el susto fue colectivo. Desde entonces, en muchos barrios se cavaron refugios antiaéreos, y la gente aprendió a bajar corriendo con mantas, zapatos llenos de barro y el miedo pegado al cuerpo. 


👉 Sabías que… hoy se han localizado más de 40 refugios antiaéreos en el subsuelo de L’Hospitalet, muchos de ellos olvidados durante décadas.

En Bellvitge no había refugios porque no había ciudad. Allí el miedo era distinto: noches oscuras, silencio absoluto y la espera de noticias. Algunos vecinos de L’Hospitalet se desplazaban a zonas abiertas cuando los bombardeos eran constantes, buscando una falsa sensación de seguridad.





1938 – El Ayuntamiento y la guerra

La guerra afectó también a las estructuras municipales.  Rafael Domingo Recio, que fue alcalde en junio de 1938 y tuvo que alistarse al ejército republicano pese a ser autoridad local. Es decir, no podía eludir la leva pese a su cargo.

Imagínalo: un alcalde con su banda y su responsabilidad corriendo hacia el frente porque la República necesitaba soldados y no había suficientes hombres.

Rafael Domingo Recio: alcalde en tiempos de guerra

Durante los años más duros de la Guerra Civil Española, Rafael Domingo Recio asumió la alcaldía de L’Hospitalet de Llobregat. Ocupó el cargo desde diciembre de 1937 hasta junio de 1938, un período marcado por la escasez, la reorganización de servicios y la vida cotidiana bajo conflicto.

En su mandato, Recio tuvo que gestionar una ciudad que, aunque no vivió grandes combates urbanos, sufría hambre, racionamiento, bombardeos cercanos y la reorganización de fábricas y servicios públicos. Su gestión refleja la dificultad de administrar una ciudad obrera en tiempos de guerra, y cómo las autoridades locales intentaban mantener un orden relativo y la vida diaria de los vecinos.

En mayo de 1938, emitió un bando pidiendo a los vecinos que acogieran a los refugiados de la guerra, un gesto que refleja cómo la gestión local y la solidaridad cotidiana se entrelazaban durante el conflicto.

En junio de 1938, fue llamado a filas del Ejército Republicano, dejando la alcaldía y marchando probablemente hacia el frente. Tras la derrota republicana, se exilió primero en Francia y luego en México, donde continuó su vida hasta su fallecimiento en 1990.

Aunque actualmente no se dispone de fotografías públicas de Rafael Domingo Recio, su nombre queda registrado en los archivos municipales y en la memoria histórica de L’Hospitalet, como símbolo de la responsabilidad y la vida civil durante la Guerra Civil.


Eso da una idea de lo profundo que estaba calando la guerra en lo cotidiano: no solo los obreros trabajaban y tenían miedo, también quien tenía responsabilidades públicas tenía que abandonar su despacho para tomar un fusil.





1939: “Cuando acabó la guerra, empezó el silencio”

Entrada, tropas franquistas en Barcelona , autor anónimo .

Enero de 1939. Las tropas franquistas entran en L’Hospitalet.

No hubo grandes combates.
Pero lo que vino después fue devastador.

Historiadores y archivistas de L’Hospitalet han documentado cómo, tras la entrada de las tropas franquistas, la gente aprendió rápidamente a callar. No hacía falta que alguien lo dijera explícitamente.

Vecinos recuerdan:

  • Detenciones de conocidos.

  • Gente que desapareció.

  • Cambios bruscos en el Ayuntamiento.


EL alcalde-gestor militar J. Wenceslao Marín , primer alcalde franquista no democrático  . 1939 foto- AML´H arxiu d´imatges. 1939 foto- AML´H arxiu d´imatges.

📌 ¿Quién fue José Wenceslao Marín López?

José Wenceslao Marín López fue el primer alcalde franquista no democrático de L’Hospitalet de Llobregat tras la Guerra Civil, nombrado al frente de la gestora militar que asumió el control municipal con la victoria de las tropas franquistas en 1939.
Estuvo en el cargo aproximadamente nueve meses y posteriormente fue arrestado por motivos políticos, falleciendo poco después.

Los alcaldes pasaron a ser designados por el régimen franquista, sin elecciones., no elegidos. La política desapareció de la conversación cotidiana. Hablar del pasado podía traer consecuencias.

Se disolvieron asociaciones, se detuvo a vecinos, se impuso el silencio.
De repente, todo lo vivido parecía algo de lo que no se podía hablar.
Empezaron las represalias.

Los testimonios son claros:
el miedo se instaló en las casas.

“De eso no se hablaba.”
“Había cosas que no se podían decir.”

Vecinos detenidos.
Otros depurados.
Familias marcadas durante décadas.

La guerra había terminado oficialmente, pero la paz no llegó.


Bellvitge siguió siendo campo durante años, pero L’Hospitalet ya no era la misma ciudad. La guerra había dejado huellas invisibles en sus calles y en su gente.



El silencio largo

Durante años, en L’Hospitalet y en Bellvitge no se habló de la guerra.
No porque no hubiera recuerdos, sino porque hablar podía ser peligroso.

Muchos vecinos solo empezaron a contar lo vivido a partir de los años 80 y 90, cuando historiadores, escuelas y el Archivo Municipal de L’Hospitalet comenzaron a recopilar testimonios.



La ermita de Bellvitge y los campos con memoria (posguerra)

Talla de la virgen de nuestra señora de Bellvitge ,tallada en 1940 actualmente se encuentra en el museo de Hospitalet , es la imagen original de la ermita de 1940

Finalizada la Guerra Civil, comenzó la reconstrucción de la ermita de Bellvitge, con el objetivo de devolverle la apariencia que tenía antes del conflicto. Este proceso se desarrolló en un contexto de posguerra dura, marcada por la escasez, la represión y una recuperación lenta de la vida cotidiana.

Una vez acabada la guerra civil la ermitaña pepeta y su hijo Anton Tabau pudieron retornar a la parroquia la imagen que durante todo el conflicto tuvieron escondida dentro de un fajo de leña ,una vez recuperada la imagen fue trasladada en procesión desde el templo de Santa Eulalia de Mérida hasta la ermita de Santa María de Bellvitge, la comitiva fue  seguida por las autoridades civiles y religiosas y decenas de feligreses de la ciudad


Durante esos años, Bellvitge siguió siendo campo.
La ermita permanecía aislada entre tierras de cultivo, pero nada era igual. Las personas que habían vivido la guerra y la violencia de aquellos años cargaban con silencios, pérdidas y recuerdos que, en muchos casos, nunca pudieron compartir.

Con el paso del tiempo, L’Hospitalet de Llobregat inició un crecimiento urbano y demográfico desorbitado. A partir de las décadas siguientes, especialmente en los años cincuenta y sesenta, los campos comenzaron a desaparecer, sustituidos por bloques de pisos destinados a acoger a miles de familias llegadas de otros lugares de España.

Cuando el barrio de Bellvitge fue finalmente construido, gran parte de aquel paisaje rural quedó sepultado.
Bajo el cemento quedaron los campos, los caminos, los recuerdos y también una parte de la memoria colectiva, enterrada del mismo modo que los refugios antiaéreos bajo L’Hospitalet.

La ermita de Santa María de Bellvitge, aún en pie, se convirtió así en uno de los pocos vínculos visibles con aquel pasado, un testigo silencioso de la guerra, la posguerra y la transformación radical del territorio.



Memoria histórica en L’Hospitalet: refugios, placas y recuerdos vivos de la Guerra Civil

Aunque hoy L’Hospitalet de Llobregat es una ciudad moderna y bulliciosa, bajo sus calles y plazas todavía se esconden huellas de la Guerra Civil Española (1936-1939). La memoria de aquellos años no está concentrada en un solo monumento, sino dispersa en placas, refugios, fotografías y testimonios, recordando a vecinos, víctimas y la vida cotidiana en tiempos de conflicto.

📍 Placas conmemorativas: recordar para no repetir

En distintos puntos de la ciudad se pueden ver placas que rinden homenaje a las víctimas de los bombardeos, como los sufridos el 25 de julio de 1937. Estas placas no solo conmemoran a quienes perdieron la vida, sino que también invitan a la paz y a la reflexión histórica, recordando que la violencia no puede volver a repetirse.

📍 Refugios antiaéreos: escondites bajo la ciudad

Bajo calles y escuelas se conservan restos de refugios civiles construidos para proteger a la población de los bombardeos. Muchos permanecen en estado de abandono, mientras otros han sido parcialmente restaurados.

Un hallazgo reciente y significativo tuvo lugar el 6 de agosto de 2020, durante las obras de la nueva Escuela Ernest Lluch, en el barrio de La Torrassa . Allí se descubrió un refugio antiaéreo de la Guerra Civil Española, evidenciando la existencia de una amplia red de protección civil en L’Hospitalet y reafirmando la importancia de la ciudad en la memoria histórica del área metropolitana de Barcelona.

📍 Fotografías y documentación: imágenes del pasado

El Museu de L’Hospitalet y el Archivo Municipal conservan fotografías históricas y documentos de la ciudad, especialmente de las décadas de 1930 y 1940. Estas imágenes permiten visualizar cómo era la vida durante y después de la contienda, desde los edificios destruidos por los bombardeos hasta las colas de pan y las huertas que alimentaban a la población.

🔎 Otros recursos y hallazgos recientes

Además de placas y refugios, se han instalado iniciativas conmemorativas contemporáneas, como los stolpersteine, que recuerdan a vecinos deportados a campos de concentración tras la Guerra Civil. Gran parte de lo que hoy sabemos sobre la vida cotidiana y las historias personales de la guerra en L’Hospitalet proviene de entrevistas realizadas a personas mayores, muchas de las cuales nunca habían hablado antes de sus experiencias.

Hoy, la memoria histórica de L’Hospitalet está viva, y aunque esté dispersa por la ciudad, sigue recordando a todos los ciudadanos que la historia se construye a partir de los recuerdos y los lugares que los sostienen.






Cierre personal

Caminar hoy por L’Hospitalet o los terrenos que hoy forman Bellvitge es recorrer capas invisibles de historia.
Bajo los bloques hubo campos, bajo las plazas se esconden refugios de la Guerra Civil, y bajo muchas casas quedaron silencios cargados de recuerdos.

La Guerra Civil Española en L’Hospitalet no fue solo un hecho histórico: fue una experiencia vivida, sufrida y callada por los vecinos de la ciudad y por quienes trabajaban en los campos y masías de lo que hoy es Bellvitge. Contarla ahora no es remover el pasado, sino devolverle voz a quienes tuvieron que guardarla durante demasiado tiempo, preservando su memoria histórica y la huella de la vida cotidiana durante aquellos años difíciles.









💬 ¿Te habían contado alguna vez esta historia?
Si conoces tradiciones, relatos familiares o curiosidades sobre el pasado de Bellvitge, la Provençana o L’Hospitalet, te invito a compartirlas en los comentarios. La historia local sigue viva mientras se cuenta.


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